

La epilepsia idiopática es el diagnóstico que recibe una mascota cuando presenta dos o más crisis convulsivas separadas en el tiempo sin que pueda identificarse una causa concreta. Es una de las enfermedades neurológicas más frecuentes en perros jóvenes, aunque también puede aparecer en gatos.
Durante una crisis convulsiva se produce una actividad eléctrica anormal e incontrolada en el cerebro. Estos episodios suelen ser muy impactantes y estresantes para la familia, por lo que comprender qué está ocurriendo y cómo actuar resulta fundamental. En este artículo explicamos cómo reconocer los distintos tipos de crisis, qué pruebas son necesarias para el diagnóstico y qué medidas terapéuticas y de manejo ayudan a mejorar la calidad de vida del paciente.
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Una crisis convulsiva no es una enfermedad en sí misma, sino un signo clínico que puede reflejar problemas sistémicos (como intoxicaciones o enfermedades hepáticas) o enfermedades intracraneales, ya sean estructurales (tumores, inflamación, infartos o malformaciones) o sin causa identificable.
Las crisis más frecuentes son las generalizadas, caracterizadas por pérdida de conciencia, caída lateral, movimientos involuntarios de cabeza y extremidades, rigidez o pataleo, salivación, micción o defecación.
También existen las crisis focales o parciales, que pueden manifestarse como espasmos en párpados, labios u orejas, movimientos repetitivos de mandíbula “como si masticara chicle”, salivación, dilatación de las pupilas o conductas anormales como cazar moscas imaginarias. En estos casos el estado de conciencia suele mantenerse, aunque una crisis focal puede evolucionar hacia una generalizada.
Antes de algunas crisis puede aparecer la llamada fase pre-ictal o pródromo, durante la cual la mascota puede mostrarse inquieta, más demandante, desorientada, esconderse o buscar excesivamente el contacto con sus tutores. Estos cambios pueden comenzar desde minutos hasta horas antes de la convulsión y, aunque no siempre están presentes, reconocerlos puede ayudar a anticiparse al episodio. Tras la convulsión aparece la fase post-ictal, que puede durar desde minutos hasta varias horas y cursa con desorientación, confusión, letargia o, ocasionalmente, comportamiento agresivo.
El diagnóstico es siempre de exclusión, lo que significa que primero deben descartarse otras causas de convulsiones. Habitualmente se realizan:
El diagnóstico definitivo se consigue mediante un electroencefalograma durante una crisis, pero en la práctica resulta difícil de realizar en medicina veterinaria.
En perros, la epilepsia idiopática aparece con mayor frecuencia entre los 6 meses y los 6 años, y existe predisposición en algunas razas como Schnauzer, Collie, Basset Hound, Cocker Spaniel, Labrador Retriever y Golden Retriever, aunque puede afectar a cualquier raza o edad.
No todos los pacientes requieren tratamiento inmediato. La decisión se basa en criterios clínicos como:
El objetivo del tratamiento no suele ser eliminar completamente las crisis, sino reducir su frecuencia y gravedad al menos en un 50%.
Los fármacos antiepilépticos más utilizados incluyen fenobarbital, levetiracetam, bromuro potásico y zonisamida. La elección depende de las características individuales del paciente. Aproximadamente un 20% de los animales desarrollan epilepsia refractaria, lo que obliga a combinar varios medicamentos (politerapia). Estos tratamientos pueden producir efectos secundarios, generalmente transitorios y dependientes de la dosis, por lo que requieren controles analíticos periódicos.
Si su mascota convulsiona:
Si la crisis no cesa tras varios minutos y su veterinario lo ha prescrito previamente, puede administrarse diazepam intrarrectal. Si el animal ya ha dejado de convulsionar, debe evitarse su uso, ya que aumenta la sedación post-ictal.
Debe acudir a un centro veterinario de urgencias si ocurre cualquiera de las siguientes situaciones:
Reducir factores estresantes puede ayudar a disminuir la aparición de crisis en algunos pacientes. Entre ellos destacan cambios de rutina, visitas frecuentes, falta de sueño, situaciones de excitación intensa o temperaturas elevadas. También se ha descrito asociación con el celo en hembras enteras y con la estimulación por hembras en celo en machos.
Además del tratamiento farmacológico, pueden considerarse terapias complementarias como la estimulación manual del nervio vago, la acupuntura veterinaria o dietas específicas enriquecidas con triglicéridos de cadena media.